Vivir con un horario estricto puede ser un arma de doble filo. Por un lado, planificar cada día nos ayuda a ser más productivos y a aprovechar el tiempo al máximo. Al tener claras nuestras prioridades, es más fácil cumplir con tareas y evitar procrastinar. Además, seguir una rutina puede reducir el estrés, ya que sabemos qué esperar en cada momento. Sin embargo, esta rigidez puede volverse una trampa. Al ser demasiado estrictos, corremos el riesgo de perder la espontaneidad y la libertad de disfrutar momentos improvisados. También puede generar ansiedad si no logramos cumplir con todo lo planeado. Por eso, es importante encontrar un equilibrio: un horario que nos guíe, pero que no limite nuestra creatividad y disfrute diario.